domingo, 4 de abril de 2010

Mis recuerdos son... una estela en el mar...

Apenas levanto tres palmos del suelo, soy tímida y me escondo entre las piernas de mi padre, siempre protector, que con su humor me ayuda a pasar desapercibida. Me adentro en la salita y miro hacia las cortinas bordadas, junto a las que destaca una máquina de coser muy trillada, y sobre ella una colección de fotos de distintos tamaños y formas: son mis primos... y yo, una cara sonriente, el pelo rizado, y un lazo llamativo: soy inconfundible! En la tele resuena a todo volumen un western de Etb2, como siempre. En la mesa del centro, sobre el tapete de encaje unos trident de menta que no tardan en ofrecerme. En el sofá reposan madejas de lana a medio tricotar, y pares de agujas con medio calcetín colgando. Desde la cocina me llega el aroma inconfundible de unos calamares recién hechos, que se mezcla con el olor a menta de mi chicle. Salgo al pasillo: un espejo, mas fotos... recorro con mis deditos el gotelé de las paredes reblandecido por los años, y el almohadillado verde de la puerta.
Sigo mi camino hacia la habitación: un gran armario que esconde todos los misterios inimaginables (patrones, retales de tela, lanas, vestidos de mis primas...), dos camas iguales donde todos hemos pasado más de una noche, y al fondo el pequeño sillón tapizado en marrón, de tela suave y que parece estar hecho a la medida de un niño, junto al balconcito donde tantas nocheviejas nos hemos apiñado para recibir un nuevo año junto a los vecinos.
Me llega entonces la voz de mi madre: ya es hora de irse. Besos, abrazos, un calamar en cada mano y algún dulce para el camino. Me voy aliviada, dejándolo todo atrás con la mirada al frente, con la inocencia y las ansias de una niña feliz, que no sabe que cada momento que desaprovecha no volverá jamas...

Ahora añoro cosas que antes no apreciaba, pero así es la vida... Las consecuencias de la madurez y del paso del tiempo, supongo.