sábado, 4 de septiembre de 2010

Empezamos bien...

He perdido mi creatividad. Es duro admitirlo, pero creo que la madurez me ha arrebatado esa "chispa" dialéctica que me hacía postear con gracejo y de manera regular. Creo, sin lugar a dudas, que a veces la realidad nos da una bofetada que nos despierta de nuestras patéticas ilusiones pueriles... y ahora me río al leer viejos posts donde trato lo que para mí eran en esos momentos "temas trascendentales". "Menuda idiota estaba hecha"-me digo a mí misma-"¿a quién le podían interesar estas patochadas, que no eran más que elucubraciones de una torturada mente adolescente?".
Me he propuesto cerrar el blog, lo que tampoco supondría una perdida demasiado grande para este mundo cruel, donde cada día afloran nuevos y mejores bloggeros; también me he planteado cambiar la línea editorial del mismo: este otoño se llevan los blogs de cocina, y quizás no estaría de más crear un espacio donde compartir secretos culinarios... Sin embargo, y debido en parte a mi connatural fobia a los cambios, he decido dejar las cosas como están: utilizando este espacio para desahogarme de mis problemas, y poder escucharme a mi misma lejos del mundanal ruido.

De esta manera, empiezo un nuevo curso con menos ganas aún que el anterior, con muchas cosas por resolver en Zaragoza, amistades que penden de un hilo, y reuniones de ex-alumnos aún pendientes por aquí.
Este año va a ser, académicamente, duro... muy duro: es tercero (fin de ciclo) y celebraremos el paso de ecuador (evento para el cual necesito un vestido!! pero ese es otro tema...); la mitad de las asignaturas me resultan tan tediosas (ya incluso antes de empezar) que estoy más desanimada que de costumbre... y no soy nada optimista con respecto a los resultados que puedo esperar este año.

Pero, por otra parte, lo que más me preocupa es el distanciamiento. Si "la distancia es el olvido" me temo que hay un par de personas que este año se van a olvidar de mi... y esas personas me hacen demasiada falta como para dejarlas escapar. No sé como manejar la situación, y eso es algo que no me gusta, y el tema me está quitando el sueño durante las últimas semanas. No se me dan demasiado bien las relaciones interpersonales... no me gusta hablar por teléfono (sí, lo reconozco, me sigue dando vergüenza que me contesten los padres de mis amigas cuando las llamo...), y además soy bastante olvidadiza, de manera que si no veo a las personas con relativa frecuencia y me meto en sus vidas (a veces demasiado), soy incapaz de mantener el contacto: me olvido de todos los cumpleaños, no recuerdo sus horarios, se me pasa desearles suerte en los exámenes... En definitiva, que soy un desastre como amiga!!
Para ello, uno de mis propósitos de este curso (los estudiantes no hacemos los propósitos en año nuevo, sino en septiembre) es destinar una importante parte de mi tiempo a fortalecer las relaciones con mis amigos: tanto locales como foráneos.

Pero, como todo el mundo sabe, los propósitos muchas veces se quedan en eso: en agua de borrajas, de manera que ya os contaré cómo se materializan mis intenciones.

domingo, 4 de abril de 2010

Mis recuerdos son... una estela en el mar...

Apenas levanto tres palmos del suelo, soy tímida y me escondo entre las piernas de mi padre, siempre protector, que con su humor me ayuda a pasar desapercibida. Me adentro en la salita y miro hacia las cortinas bordadas, junto a las que destaca una máquina de coser muy trillada, y sobre ella una colección de fotos de distintos tamaños y formas: son mis primos... y yo, una cara sonriente, el pelo rizado, y un lazo llamativo: soy inconfundible! En la tele resuena a todo volumen un western de Etb2, como siempre. En la mesa del centro, sobre el tapete de encaje unos trident de menta que no tardan en ofrecerme. En el sofá reposan madejas de lana a medio tricotar, y pares de agujas con medio calcetín colgando. Desde la cocina me llega el aroma inconfundible de unos calamares recién hechos, que se mezcla con el olor a menta de mi chicle. Salgo al pasillo: un espejo, mas fotos... recorro con mis deditos el gotelé de las paredes reblandecido por los años, y el almohadillado verde de la puerta.
Sigo mi camino hacia la habitación: un gran armario que esconde todos los misterios inimaginables (patrones, retales de tela, lanas, vestidos de mis primas...), dos camas iguales donde todos hemos pasado más de una noche, y al fondo el pequeño sillón tapizado en marrón, de tela suave y que parece estar hecho a la medida de un niño, junto al balconcito donde tantas nocheviejas nos hemos apiñado para recibir un nuevo año junto a los vecinos.
Me llega entonces la voz de mi madre: ya es hora de irse. Besos, abrazos, un calamar en cada mano y algún dulce para el camino. Me voy aliviada, dejándolo todo atrás con la mirada al frente, con la inocencia y las ansias de una niña feliz, que no sabe que cada momento que desaprovecha no volverá jamas...

Ahora añoro cosas que antes no apreciaba, pero así es la vida... Las consecuencias de la madurez y del paso del tiempo, supongo.